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Bitácora de un Emigrante Por Lexter Savio

2020.06.11 06:43 revact Bitácora de un Emigrante Por Lexter Savio

…a mi cita fui, pero el horizonte se había cansado de esperar. J. Sabina. …a todos los emigrantes, en especial a los cubanos. Miami, Florida, Junio 2019.
En las alturas de una barbacoa* en Centro Habana, una de las gavetas del viejo gabinete de mi bisabuela, alberga aún la boleta con la ubicación de trabajo asignada una vez graduado. Había abandonado aquel año, el puesto como profesor de Ecuaciones de la Física-Matemática en la Facultad de Ciencias y Tecnologías Nucleares de la Universidad de La Habana. Había tomado un avión destino a la Ciudad de México por séptima vez. Y había decidido no regresar, -al menos no desde México-… ¿Pero cómo marcharse y dejar todo lo que se ha amado, todo lo que se ha vivido, todo lo que uno verdaderamente es? Las calles que te vieron crecer, el árbol donde jugabas a las escondidas, los bancos de los parques sin luces, donde maduraron los primeros amores, los primeros besos, las primeras traiciones. Los amigos de la infancia más temprana, los que conocieron la versión más humana de tí mismo. ¿Cómo seguir sin mirar atrás, para no ver las lágrimas en los ojos de los seres queridos? ¿Cómo safarse de toda la historia almacena el alma de la noche a la mañana?… Había llegado a Tijuana… Me habían esposado por primera y única vez… Y el territorio americano me amparaba bajo la ley que ha aceptado a tantos y tantos cubanos, que en busca de esperanzas abandonamos nuestro país. “Bienvenido a la YAMA” decían por todos lados. “Este es el país del YES y el OK, donde haces lo que te manden” -solía decir un viejo conocido-… Me había quedado solo después de un encuentro prometido. No tenía dinero, no tenía trabajo, ni siquiera tenía identificación. En el país de las libertades me sentía menos libre que nunca. Un hombre necesita algo o alguien donde depositar su esperanza. Un hombre sin esperanzas es un hombre dispuesto a perderlo todo en cualquier momento. La esperanza lo mantiene atento, enfocado, le ofrece una meta, lo mantiene vivo… En tales condiciones había considerado varias veces la idea de regresar, como si nada hubiese pasado. Sería recibido como gusano o como héroe, en cualquiera de los dos casos -si es que son distintos-, me hubiese convertido en un tipo muy polémico, posiblemente famoso. “Profesor universitario cruza la frontera y luego de llegar a Miami compra un boleto de avión y regresa a La Habana” hubiesen sido los titulares… Pero cómo regresar teniendo bajo las pies, la tierra por la que tantos cubanos han muerto, cómo regresar teniendo un mundo abierto a las oportunidades… La posibilidad de ayudar a los tuyos que quedaron en la isla, la posibilidad de un mejor futuro, la posibilidad de volver a ser tu mismo en tierras ajenas; esas son las raíces de las cuales, un emigrante se sujeta en su nueva realidad. Había pasado por intervalos de tiempo donde trabajaba donde fuera necesario. Trabajos de esos donde los demás te miran como si te tuviesen lástima. Era un fenómeno muy raro, el pensar que meses anteriores exponía; como interactuaba la molécula de monóxido de nitrógeno (NO) con una matriz de gas noble en condiciones cercanas al cero absoluto. Y verte de momento, descargando un camión, fregando carros, armando pallets, o recogiendo las inmuebles que ya no consideraban necesario los habitantes de un condominio y los tiraban a la basura. No era solo yo, así íbamos un montón de emigrantes, mayormente latinoamericanos ganándonos la vida, buscando nuestro lugar… Había decidido dejar crecer mi pelo, no importaba que ocurriera, crecería hasta mi regreso. Sentía que con el crecer del cabello me hacía más dueño de mí mismo, de mi realidad que no era muy favorable. Era una muestra de: – no quiero que me veas como ves al resto, no sabes que pasa por mi mente- no es una mente comercial como las que suelen a menudo cruzar las calles de esta ciudad multicultural. ¿Y cómo ser transparente en un mundo de gente opaca? Esta ciudad almacena personajes muy raros y gente de muchos colores. Las personas desarrollan un armazón para su auto-protección, porque asumen que todos a su alrededor solo quieren joderlo. Ocurre que en lugar de traernos lo mejor de nuestros países, salen a la superficie las cualidades más egoístas y mezquinas… Un cargo, o el mínimo rasgo de poder que se le otorga a alguien, lo convierte en un breve dictador y como consecuencia no hace más que atropellar a sus paisanos. La gente compra cosas que no necesitan -muchas cosas diría yo- intentando llenar los vacíos que su realidad emocional no llena. La mujeres son infelices, los hombres están siempre demasiado ocupados y no tienen el tiempo necesario para satisfacer a sus mujeres, lo cual finalmente acaba aumentando la infelicidad de ambos. Están los que de regreso a su país, solo intentan mostrar una mejor versión de ellos mismos, al menos una mejor versión económica. Los que no dejan de repetir cual era su profesión antes de emigrar, para lucir mejor y más digno en una conversación. Los que se llenan de cadenas doradas, para darse más valor, porque como humanos son insuficientes. Los que hacen sonar el motor de su carro más alto que el resto, porque su incapacidad intelectual y su odio interior, no les permite ver que no son más que imbeciles… Están las nuevas y viejas generaciones de cubanos que solo hablan del día en que termine el atroz régimen que consume a Cuba, ya que en la propia Isla a nadie realmente le importa. Y así vamos más desunidos, más esclavos del ego, más reparteros, más Bajanda, más recargas, más especuladores, más indolentes, más sombras y menos luces, así vamos… Nos alimentamos de mentiras en todos lados, de malas vibras, de hipócritas -de muchos hipócritas-, de gente que aprende a mentir muy rápido y se van perdiendo, la superficialidad y la mediocridad generalizada los consume. “Y cuando los demás son el infierno, uno mismo no es el paraíso”*. … … … Mi cabello había crecido lo suficiente, pasaba por debajo de los hombros, indicando el momento de regresar… Los reencuentros tienen ese don de sorprendernos, porque inconscientemente siempre uno imagina repetidas veces la escena del reencuentro. Independientemente del tipo y del modo de reencuentro siempre ocurre este proceder… Había llegado a La Habana sin muchas complicaciones y la visión de la isla por vez primera, luego de un largo período de tiempo, conmueve al alma más ruda. Llevaba mi equipaje a las puertas de salida donde esperan siempre los familiares y los abrazos desencadenaron las lágrimas que llevaba almacenando durante tres largos años. Respiraba una y otra vez, volvía a respirar, largos y profundos shoots de aire, re-descubriendo los olores de La Habana. Encendí mi primer cigarro en el balcón con vista a la iglesia que me bautizó de meses. Me detuve a mirar perdidamente a la virgen con el niño en las manos, y en un murmullo estremecedor le dije: aquí estoy de nuevo… “Se vende esta casa” pregonaba la inmensa puerta de los años veinte, con vista a la calle Infanta, cruzada por Neptuno. Este letrero sugería la posibilidad de que probablemente la próxima vez que regresará, mi casa no sería mi casa nunca más… Todo se veía más pequeño, las avenidas, las aceras, los cuartos de las casas que solía visitar, las paredes, la cama donde dormía y que ahora heredó mi hermana. La suciedad de la Habana en todas partes, el apuro de las personas atropelladas en el transporte público, la no existencia de servilletas, la escasez de tantas cosas y una múltiple superposición de detalles, traen a tu mente el hecho de que has cambiado tú y que la ciudad sigue siendo ella, aunque lentamente se convierta en escombros… Pero el mundo asume otro matiz en el regocijo del abrazo de la abuela, del beso de tu madre, la risa y las bromas de los primos y la manera de amar de los hermanos. Los cuentos una y otra vez rememorados por el abuelo, al que todos conocen en el pueblo, porque es una leyenda viva. ¿Cómo valorar una partida de dominó con los amigos de cuando tenías 10 años? ¿Cuánto valor tiene la familia reunida, aclimatada por el ron cubano, la cerveza Bucanero y un lechoncito al asado? Recorrer la escuela primaria donde los recuerdos llevan tu nombre en las paredes, aunque ahora milagrosamente estén re-modeladas. El campo de volleyball, donde solo se jugaba a la pelota, con una bolita hecha de chapapote. Los viejos recuerdos casi caducados del zun zun de la carabela o la rueda rueda de pan y canela, las pequeñas esquinas donde besaste por primera vez, donde casi todo te daba pena y donde tu mejor amigo bailaba con tu noviecita porque tú no sabías bailar. Abrazar a tu primera novia, que ahora está casada y tiene una vida muy distinta a la tuya, ver como cada vez tu padre y tú tienen más cosas en común, dormir al lado de tu abuela como cuando eras un niño y había apagón… Esas pequeñas cosas del retorno al lugar donde fuiste feliz, no tienen precio, son el refugio que te guarda la memoria para recordarte de dónde vienes y qué cosas te definen… Luego de varios años el emigrante tiene un serio problema de identidad, siente que no es parte de ningún sitio, que su vida está dividida, que la nostalgia es un factor con el que tendrá que vivir siempre y que virar atrás ya no es una opción. Que no hay nada más triste y conmovedor que la vejez en la mirada de los seres queridos. Que tus padres cada vez, en cada regreso estarán más viejos, que seguirán los cumpleaños, los aniversarios, los fines de años, los días de las madres y los días de los padres y que también llegará la muerte dado el momento. Pasarán todas esas fechas, volverá a crecer mi cabello unas cuántas veces más, seguirán los viajes y la gente idiotizada y seguirá la vida que no para y no esperará por ti. Tu ausencia recorrerá la línea de los acontecimientos, y la constante añoranza del que se ha ido te penetrará los huesos, a pesar de ti y a pesar de todos… *Barbacoa: pequeña alcoba construida en lo alto de las casas. * “Y cuando los demás son el infierno, uno mismo no es el paraíso” parafraseoa Mario Benedetti.
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2020.06.11 06:39 revact Bitácora de un Emigrante por Lexter Savio

…a mi cita fui, pero el horizonte se había cansado de esperar. J. Sabina. …a todos los emigrantes, en especial a los cubanos. Miami, Florida, Junio 2019.
En las alturas de una barbacoa* en Centro Habana, una de las gavetas del viejo gabinete de mi bisabuela, alberga aún la boleta con la ubicación de trabajo asignada una vez graduado. Había abandonado aquel año, el puesto como profesor de Ecuaciones de la Física-Matemática en la Facultad de Ciencias y Tecnologías Nucleares de la Universidad de La Habana. Había tomado un avión destino a la Ciudad de México por séptima vez. Y había decidido no regresar, -al menos no desde México-… ¿Pero cómo marcharse y dejar todo lo que se ha amado, todo lo que se ha vivido, todo lo que uno verdaderamente es? Las calles que te vieron crecer, el árbol donde jugabas a las escondidas, los bancos de los parques sin luces, donde maduraron los primeros amores, los primeros besos, las primeras traiciones. Los amigos de la infancia más temprana, los que conocieron la versión más humana de tí mismo. ¿Cómo seguir sin mirar atrás, para no ver las lágrimas en los ojos de los seres queridos? ¿Cómo safarse de toda la historia almacena el alma de la noche a la mañana?… Había llegado a Tijuana… Me habían esposado por primera y única vez… Y el territorio americano me amparaba bajo la ley que ha aceptado a tantos y tantos cubanos, que en busca de esperanzas abandonamos nuestro país. “Bienvenido a la YAMA” decían por todos lados. “Este es el país del YES y el OK, donde haces lo que te manden” -solía decir un viejo conocido-… Me había quedado solo después de un encuentro prometido. No tenía dinero, no tenía trabajo, ni siquiera tenía identificación. En el país de las libertades me sentía menos libre que nunca. Un hombre necesita algo o alguien donde depositar su esperanza. Un hombre sin esperanzas es un hombre dispuesto a perderlo todo en cualquier momento. La esperanza lo mantiene atento, enfocado, le ofrece una meta, lo mantiene vivo… En tales condiciones había considerado varias veces la idea de regresar, como si nada hubiese pasado. Sería recibido como gusano o como héroe, en cualquiera de los dos casos -si es que son distintos-, me hubiese convertido en un tipo muy polémico, posiblemente famoso. “Profesor universitario cruza la frontera y luego de llegar a Miami compra un boleto de avión y regresa a La Habana” hubiesen sido los titulares… Pero cómo regresar teniendo bajo las pies, la tierra por la que tantos cubanos han muerto, cómo regresar teniendo un mundo abierto a las oportunidades… La posibilidad de ayudar a los tuyos que quedaron en la isla, la posibilidad de un mejor futuro, la posibilidad de volver a ser tu mismo en tierras ajenas; esas son las raíces de las cuales, un emigrante se sujeta en su nueva realidad. Había pasado por intervalos de tiempo donde trabajaba donde fuera necesario. Trabajos de esos donde los demás te miran como si te tuviesen lástima. Era un fenómeno muy raro, el pensar que meses anteriores exponía; como interactuaba la molécula de monóxido de nitrógeno (NO) con una matriz de gas noble en condiciones cercanas al cero absoluto. Y verte de momento, descargando un camión, fregando carros, armando pallets, o recogiendo las inmuebles que ya no consideraban necesario los habitantes de un condominio y los tiraban a la basura. No era solo yo, así íbamos un montón de emigrantes, mayormente latinoamericanos ganándonos la vida, buscando nuestro lugar… Había decidido dejar crecer mi pelo, no importaba que ocurriera, crecería hasta mi regreso. Sentía que con el crecer del cabello me hacía más dueño de mí mismo, de mi realidad que no era muy favorable. Era una muestra de: – no quiero que me veas como ves al resto, no sabes que pasa por mi mente- no es una mente comercial como las que suelen a menudo cruzar las calles de esta ciudad multicultural. ¿Y cómo ser transparente en un mundo de gente opaca? Esta ciudad almacena personajes muy raros y gente de muchos colores. Las personas desarrollan un armazón para su auto-protección, porque asumen que todos a su alrededor solo quieren joderlo. Ocurre que en lugar de traernos lo mejor de nuestros países, salen a la superficie las cualidades más egoístas y mezquinas… Un cargo, o el mínimo rasgo de poder que se le otorga a alguien, lo convierte en un breve dictador y como consecuencia no hace más que atropellar a sus paisanos. La gente compra cosas que no necesitan -muchas cosas diría yo- intentando llenar los vacíos que su realidad emocional no llena. La mujeres son infelices, los hombres están siempre demasiado ocupados y no tienen el tiempo necesario para satisfacer a sus mujeres, lo cual finalmente acaba aumentando la infelicidad de ambos. Están los que de regreso a su país, solo intentan mostrar una mejor versión de ellos mismos, al menos una mejor versión económica. Los que no dejan de repetir cual era su profesión antes de emigrar, para lucir mejor y más digno en una conversación. Los que se llenan de cadenas doradas, para darse más valor, porque como humanos son insuficientes. Los que hacen sonar el motor de su carro más alto que el resto, porque su incapacidad intelectual y su odio interior, no les permite ver que no son más que imbeciles… Están las nuevas y viejas generaciones de cubanos que solo hablan del día en que termine el atroz régimen que consume a Cuba, ya que en la propia Isla a nadie realmente le importa. Y así vamos más desunidos, más esclavos del ego, más reparteros, más Bajanda, más recargas, más especuladores, más indolentes, más sombras y menos luces, así vamos… Nos alimentamos de mentiras en todos lados, de malas vibras, de hipócritas -de muchos hipócritas-, de gente que aprende a mentir muy rápido y se van perdiendo, la superficialidad y la mediocridad generalizada los consume. “Y cuando los demás son el infierno, uno mismo no es el paraíso”*. … … … Mi cabello había crecido lo suficiente, pasaba por debajo de los hombros, indicando el momento de regresar… Los reencuentros tienen ese don de sorprendernos, porque inconscientemente siempre uno imagina repetidas veces la escena del reencuentro. Independientemente del tipo y del modo de reencuentro siempre ocurre este proceder… Había llegado a La Habana sin muchas complicaciones y la visión de la isla por vez primera, luego de un largo período de tiempo, conmueve al alma más ruda. Llevaba mi equipaje a las puertas de salida donde esperan siempre los familiares y los abrazos desencadenaron las lágrimas que llevaba almacenando durante tres largos años. Respiraba una y otra vez, volvía a respirar, largos y profundos shoots de aire, re-descubriendo los olores de La Habana. Encendí mi primer cigarro en el balcón con vista a la iglesia que me bautizó de meses. Me detuve a mirar perdidamente a la virgen con el niño en las manos, y en un murmullo estremecedor le dije: aquí estoy de nuevo… “Se vende esta casa” pregonaba la inmensa puerta de los años veinte, con vista a la calle Infanta, cruzada por Neptuno. Este letrero sugería la posibilidad de que probablemente la próxima vez que regresará, mi casa no sería mi casa nunca más… Todo se veía más pequeño, las avenidas, las aceras, los cuartos de las casas que solía visitar, las paredes, la cama donde dormía y que ahora heredó mi hermana. La suciedad de la Habana en todas partes, el apuro de las personas atropelladas en el transporte público, la no existencia de servilletas, la escasez de tantas cosas y una múltiple superposición de detalles, traen a tu mente el hecho de que has cambiado tú y que la ciudad sigue siendo ella, aunque lentamente se convierta en escombros… Pero el mundo asume otro matiz en el regocijo del abrazo de la abuela, del beso de tu madre, la risa y las bromas de los primos y la manera de amar de los hermanos. Los cuentos una y otra vez rememorados por el abuelo, al que todos conocen en el pueblo, porque es una leyenda viva. ¿Cómo valorar una partida de dominó con los amigos de cuando tenías 10 años? ¿Cuánto valor tiene la familia reunida, aclimatada por el ron cubano, la cerveza Bucanero y un lechoncito al asado? Recorrer la escuela primaria donde los recuerdos llevan tu nombre en las paredes, aunque ahora milagrosamente estén re-modeladas. El campo de volleyball, donde solo se jugaba a la pelota, con una bolita hecha de chapapote. Los viejos recuerdos casi caducados del zun zun de la carabela o la rueda rueda de pan y canela, las pequeñas esquinas donde besaste por primera vez, donde casi todo te daba pena y donde tu mejor amigo bailaba con tu noviecita porque tú no sabías bailar. Abrazar a tu primera novia, que ahora está casada y tiene una vida muy distinta a la tuya, ver como cada vez tu padre y tú tienen más cosas en común, dormir al lado de tu abuela como cuando eras un niño y había apagón… Esas pequeñas cosas del retorno al lugar donde fuiste feliz, no tienen precio, son el refugio que te guarda la memoria para recordarte de dónde vienes y qué cosas te definen… Luego de varios años el emigrante tiene un serio problema de identidad, siente que no es parte de ningún sitio, que su vida está dividida, que la nostalgia es un factor con el que tendrá que vivir siempre y que virar atrás ya no es una opción. Que no hay nada más triste y conmovedor que la vejez en la mirada de los seres queridos. Que tus padres cada vez, en cada regreso estarán más viejos, que seguirán los cumpleaños, los aniversarios, los fines de años, los días de las madres y los días de los padres y que también llegará la muerte dado el momento. Pasarán todas esas fechas, volverá a crecer mi cabello unas cuántas veces más, seguirán los viajes y la gente idiotizada y seguirá la vida que no para y no esperará por ti. Tu ausencia recorrerá la línea de los acontecimientos, y la constante añoranza del que se ha ido te penetrará los huesos, a pesar de ti y a pesar de todos… *Barbacoa: pequeña alcoba construida en lo alto de las casas. * “Y cuando los demás son el infierno, uno mismo no es el paraíso” parafraseoa Mario Benedetti.
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2017.06.27 07:31 albedrio Cuando David* se fue a vivir con su novio, no sabía todavía que estaba “metiendo al monstruo en casa”. Los celos enfermizos y los pellizcos por mirar a otros chicos no le pusieron en alerta. Tampoco había conocido maltrato en su entorno.

MARÍA ZUIL TAGSHOMOSEXUALIDADVIOLENCIA DE GÉNEROAGRESIÓN MALTRATOACTIVISMO LGTB TIEMPO DE LECTURA11 min 27.06.2017 – 05:00 H. - ACTUALIZADO: 2 H. Cuando David* se fue a vivir con su novio, no sabía todavía que estaba “metiendo al monstruo en casa”. Los celos enfermizos y los pellizcos por mirar a otros chicos no le pusieron en alerta. Tampoco había conocido maltrato en su entorno, ni había oído hablar de este problema dentro del colectivo gay. Todas las señales fallaron. La primera agresión, como todas las que vendrían después, fue por un motivo absurdo. Su novio quería coger el coche para comprar unas pizzas cerca de casa. “Le dije que fuéramos paseando porque estaba bien aparcado y cuesta mucho en nuestra zona, pero se puso hecho una fiera y cogió un cuchillo. Me tiré al suelo y me rasgó el pantalón para sacar las llaves”, recuerda hoy, casi diez años después de comenzar la relación de la que aún se está recuperando. El 27% de hombres y 34% de mujeres LGBTI reconocen haber sufrido maltrato en algún momento Llevar un amigo a casa, subir las ventanillas del coche o cerrar las ventanas en su habitación de hotel durante las vacaciones fueron algunos de los motivos por los que sufrió agresiones de quien después se convirtió en su marido, además de amenazas, chantajes emocionales y maltrato psicológico. Incluso después de romper la relación y de que su pareja se negase a irse de su casa, siguió soportando ataques violentos durante año y medio, que se saldaron por la vía judicial con una orden de alejamiento y 50 euros de multa. Como Davir, el 27% de los homosexuales varones reconocen haber sufrido violencia física, psicológica o sexual en algún momento dentro de una relación del mismo sexo. La cifra se eleva al 34% en el caso de las mujeres lesbianas. Unos números tan alarmantes como invisibles, que superan proporcionalmente a los de la violencia machista, que afecta a un 12,5% de las mujeres en España. Ambas son realidades distintas, pero con muchos puntos comunes, como señala Isabel González, autora del estudio que recoge estos datos y arroja por primera vez algo de luz sobre este problema social en España, basándose en entrevistas a 900 personas. “Hay mucho desconocimiento y silencio, estamos como la violencia de género hace treinta años”, apunta la psicóloga, que todas las semanas recibe casos de maltrato intragénero en Cogam, el colectivo LGTBI de Madrid. A nivel internacional, los pocos estudios que analizan la violencia entre homosexuales coinciden en sus estimaciones o incluso las superan, como éste que eleva al 47,5% el número de mujeres homosexuales maltratadas y al 30% en el caso de los hombres. La encuesta nacional británica sobre la violencia también recogía en 2009 una diferencia de un 13% de maltrato en parejas gais frente al 5% de heterosexuales. Tras las cifras, pocas explicaciones y muchos prejuicios. La desigualdad no entiende de orientación Para que exista maltrato debe existir primero una percepción de desigualdad. En el caso de la violencia de género, surge de una visión machista que provoca una sensación de superioridad por parte del agresor por una mera cuestión de sexo. En las parejas homosexuales, esta diferencia desaparece pero eso no convierte a ambos en iguales. La dependencia emocional, económica o la falta de autoestima, marcan a menudo la pauta del maltrato. “Que tengan el mismo sexo no quiere decir que tengan el mismo poder”, explica Lidia Mendieta, psicóloga del Servicio de Atención a la Violencia Intragénero. Además, según los expertos, también los roles del mal entendido amor romántico, como la posesión o los celos, rigen este tipo de relaciones igual que lo hacen en las heterosexuales. Sentía que tenía que cuidarla y acabé siendo yo la dependiente Por eso, los primeros indicios de la violencia en parejas LGTB no se diferencian demasiado de la machista. “El comienzo es similar en ambos tipos, van escalando, aunque en las relaciones homosexuales va mucho más deprisa, sobre todo en las mujeres, porque son más intensas y pasionales en todos los sentidos”, comenta Isabel González, que apunta a este motivo como razón de que las mujeres sean las que más agresiones psicológicas sufren de parte de sus parejas y se equiparan en las físicas con los hombres. Lucía* vivió de las dos por parte de su pareja, nada más empezar a salir juntas. Lo que en un principio interpretó como un carácter difícil, se fue tornando en desprecio y castigos emocionales. “A veces íbamos a ver a su familia, que vive fuera de Madrid, y no me hablaba en todo el fin de semana porque algo que no tenía nada que ver conmigo le había molestado”, recuerda. Los problemas psicológicos que tenía su pareja fueron generando una dependencia emocional de la que Lucía no fue capaz de salir y que pronto cambió la dinámica de la pareja: “Sentía que tenía que cuidarla y acabé siendo yo la dependiente”. Lucía recuerda con vergüenza muchos de los episodios que vivió hace ya cuatro años y en los que apenas se reconoce. “A los tres meses me dijo que no sentíamos lo mismo y que como yo estaba muy pillada no podía salir con nadie más, pero que ella sí”, rememora. “Un día me dijo que había conocido a otra chica por Internet y que iban a quedar, pero es que encima me hizo ir a la cita. Se lió con esa chica en mis narices y al volver a casa intentó tener sexo conmigo. Me negué, pero insistió e insistió, hasta el punto que me sentí abusada”. El 90% de los encuestados en el estudio de González reconocieron haber vivido la violencia en una relación estable y un 84% han intentado romper la relación. En el caso de Lucía no hizo falta: “A los 15 días de la última agresión llegué a casa y se había ido. Se llevó sus cosas, y algunas mías, y nunca más la volví a ver. Y aun así yo me sentía culpable”. Desprotección legal De lo que no se habla no existe y en la invisibilidad del problema se encuentra otro de los grandes escollos de la violencia intragénero: a las víctimas les cuesta reconocerse como tales. Y aunque lo hagan, tampoco existen canales donde pedir ayuda, y mucho menos, un respaldo legal. El abuso entre personas del mismo sexo no está incluido en la Ley de Violencia de Género de 2014 y no existe ninguna normativa estatal específica para este problema. En la Comunidad de Madrid se aprobó una ley hace unos meses que la contemplaba​ pero sin ninguna aplicación práctica todavía, según denuncian miembros del colectivo LGTB. Por ese motivo, -y por los prejuicios-, las víctimas se encuentran desamparadas cuando acuden a la Policía a denunciar, y se enfrentan a situaciones ilógicas, como que los dos sean detenidos en el mismo calabozo. “En la Policía no estamos preparados en este sentido, con la violencia de género sí existe un protocolo, pero aquí depende de la concienciación y sensibilidad del agente que te toque en la comisaría”, reconoce la policía Begoña Gallego, responsable de este tema en la asociación LGTBIpol formado por agentes homosexuales de las fuerzas del Estado. “Podemos acogernos a algunos artículos ambiguos y considerarlo, por ejemplo, delito de odio o violencia intrafamiliar, pero incluso así es complicado”. Conté mi caso [al 016] y cuando mencioné 'ella' automáticamente me dijeron que ahí no me podían atender Además, reconocen que es más difícil estimar quién es el agresor si ambos se acusan, y a menudo la sociedad también cuestiona por qué la víctima permitió el ataque. “Mucha gente, incluso gay, me pregunta por qué no me defendía, como cuando antiguamente se decía a la víctima de una violación si se había defendido lo suficiente”, señala David, que después de divorciarse debe pasar una pensión mensual al que fuera su agresor porque ganaba más que él. “Cuando alguien te trata así eres como un objeto, pero yo no le veía así, yo le quería y cuando quieres a alguien no puedes hacerle daño”, añade. No existe ningún registro de la cantidad de personas que mueren asesinadas por su pareja del mismo sexo. Sólo se conocen cuando alguna se cuela entre los titulares, como el apuñalamiento hace apenas dos meses de una mujer de 57 años a manos de su novia de 53 en Badalona. Tampoco hay lugares de acogida si romper con el agresor implica quedarse sin casa. En el caso de las mujeres a veces encuentran un sitio en los hogares para mujeres maltratadas, pero los hombres a veces son dirigidos a albergues para personas sin hogar, en el mejor de los casos. Ni si quiera el número de atención a la víctima 016 les atiende. Cuando Marta* decidió acudir a este teléfono pidiendo ayuda por el maltrato psicológico al que la sometía su novia, le colgaron el teléfono. “Conté mi caso y cuando mencioné 'ella' automáticamente me dijeron que ahí no me podían atender. Volví a llamar evitando hace referencia al sexo y ya me orientaron”, explica. Durante meses Marta lidió con la inestabilidad de una pareja abusiva y con la confusión de que por primera vez a sus 33 años le gustase otra mujer. Este cambio en su orientación sexual era la excusa perfecta que su pareja la atacase y controlase: “No le gustaba que saliese con mis amigos y me fui aislando”. Según los expertos, los bisexuales son precisamente los que más violencia sufren. “Cuando un miembro de la pareja es bisexual y el otro no, el segundo tiene miedo a que le dejen por alguien del otro sexo, y hay más rechazo por la homofobia interiorizada”, explica la psicóloga Isabel González.
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